Todas las ciudades son iguales. En cada una hay una sirena enferma viviendo bajo cruces blancas y anaranjadas, sobre la luz negra de los quirófanos. Cada cual tiene sus capillas funerarias, una fábrica de ataúdes; flores, pétalos de plástico, reuniones familiares, ritos estúpidos, pendencias y destierros, patíbulos comisarías de circo, pequeños mundos de la farándula. Cada ciudad es un arco tensado: una flecha que envenenada vendrá a caer sobre nosotros en la pálida batalla. Sobre su propia arca de la alianza ríen y celebran su oficio los mendigos: la cáscara del herpes sobre unos labios rotos, una jeringa en el lavabo. Cada ciudad tiene su propio templo —mujeres que van del confesionario a la mancebía, hombres siniestros, niños locos, casas abandonadas, madres enfermas, poetas políticamente correctos, trabajadores del Estado. Todas. Cada cual tiene ese algo de gitana desgreñada —esa que no amaremos jamás como ella quisiera; como nadie hubiera querido querer jamás— que grita por las calles enloquecida. Todas las ciudades son iguales. En cada una alguien acaba de llegar; otro que acaba de marcharse. En todas alguien ama arde y se consume en silencio. Todas tienen un loco un pordiosero y una puta viviendo en un cuarto de azotea —alguno matará a otro una noche de naipes... Sin necesidad de orden ni factores, el tercero dejará esa ciudad pensando: “Siempre es igual” “Siempre es lo mismo”. Cada ciudad tiene su propio laberinto un toro blanco una muchacha ciega un traidor y su asesino. Todas son iguales. Cada ciudad es Petra, Somma, Bagdad, Nisapur, el estanque florido desde cuyo fondo canta y nos alumbra una tumba silvestre de semáforos y avenidas Berlín, Nueva York, Jerusalem, jardines municipalmente plantados bancas de repostería, lugares santos. Cada ciudad es la misma —la otra —esa en la que no estaremos nunca, su propio y amoroso fantasma. Cada ciudad es la primera piedra —púber y sangrienta arrojada contra los locos. Todas son iguales.